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La bruja que se convertía en zorra

Ilustracion del Roman de Renard, s.XIII

Recopilado por Apel·les Mestres, en “Leyendas del Montseny” (1933).

La bruja que se convertía en zorra

Había una vez una mujer que era bruja. Esta bruja, cada atardecer bajaba al rio, se desnudaba, se revolcaba por el arenal y se convertía en zorra. Entonces echaba a correr y partía a hacer sus maldades. Antes del amanecer volvía cerca del rio, se revolcaba de nuevo por el arenal y recobraba la forma humana.
Una noche, un hombre que la había espiado le robó la ropa, pero un lobo enorme que la guardaba – y que debía ser un brujo-, le salió de repente al paso. El hombre, asustado, empezó a correr, y el lobo tras él… Y nunca se ha sabido donde fueron a parar. ¡Aún deben correr los dos!

Este cuento brevísimo condensa grab parte de las creencias sobre licantropía. En primer lugar, nos remite a la idea de girar y cambiar de ropa para transformarse (también, aunque no de manera explícita hace referencia a la idea medieval de que quien robaba la ropa a un licántropo impedía que volviera a transformarse en humano). También muestra la coexistencia del lobo y el zorro en el imaginario europeo occidental (recordemos que en la forma Occidental del cuento de Iván Zarevich y el Lobo Gris, el zorro sustituyó al lobo). La referencia final a las historias de persecuciones eternas se vincula también a la Caza Salvaje.

El lobo en los bestiarios medievales

Los Bestiarios son recopilaciones de descripciones, acompañadas a menudo por ilustraciones, de una serie de animales reales o míticos, y en ocasiones también de elementos naturales (piedras, plantas...) y sus propiedades, con intención moralizante cristiana, cuyo mayor representación se encuentra en la época medieval. La principal fuente de la que beben los bestiarios medievales es el Physiologus (El Fisiólogo). Esta obra, de autoría discutida, fue posiblemente escrita en Alejandría, entre los siglos II y V . En casi 50 capítulos, el autor se sirve de las criaturas descritas para explicar el dogma cristiano. A pesar de ello, las historias que presenta el Fisiólogo, provienen de fuentes aún anteriores, por un lado de filósofos como Aristóteles y Plinio; por otro de cuentos de animales indios, hebreos y egipcios. La difusión del Fisiólogo entre los siglos XII y XIII, convirtió a esta obra en inspiración para los bestiarios escultóricos, y recreaciones animales en el arte del periodo Románico. En un principio los animales descritos pertenecían al ámbito oriental, tardíamente se introducirían los animales europeos, así como un sinfín de criaturas híbridas surgidas de la imaginación de escritores e ilustradores. En los bestiarios los animales son instrumentos del Dios cristiano. A grandes rasgos, los animales considerados bellos están destinados a encarnar las virtudes cristianas, los que se consideran peligrosos se reservan al servicio del mal. Esta imaginería y asociaciones de significado pudieron ser empleadas en el discurso doctrinal de los predicadores de la época, para atemorizar y ejemplificar a los oyentes. Pero al parecer los Bestiarios no se reservaron únicamente las alegorías más evidentes. Entre sus contenidos conviven símbolos procedentes de la alquimia, y una serie de códigos descifrables por unos pocos. A pesar de ser presentados con las características de una "historia natural" (incluyendo en ella a las criaturas que hoy consideramos míticas o imaginarias), en los Bestiarios pesa más el valor simbólico o alegórico de las criaturas descritas que la realidad de las afirmaciones. Esto resultó ser el origen de falsos tópicos acerca de ciertos animales, que aún se conservan.

El lobo en los bestiarios

En la imaginería románica el lobo era una criatura iniciatica, para las cofradías de constructores. En alquimia el lobo era símbolo del antimonio y por tanto de saturno; por sus propiedades de fijeza y solidez se contraponía al mercurio, volátil. Para la iglesia medieval, el lobo estaba asociado al Maligno, y frecuentemente se le dota de un talante excepcionalmente astuto y cruel. Se utiliza su condición de predador y sus taques al ganado, especialmente a las ovejas, para simbolizar al diablo acechando y "robando" almas cristianas, al mínimo descuido del desafortunado. El lobo era símbolo de voracidad, y la loba de concupiscencia y lascivia. Es posible que algunas de las creencias populares acerca del lobo, recogidas siglos más arde en algunos tratados de caza tengan su precedente en los bestiarios medievales. Algunos tópicos extendidos tienen cierta base real, por ejemplo, el brillo de los ojos en la oscuridad (por las características de la retina, sus ojos, al igual pero en menor grado que los felinos, reflejan la luz para mejorar la visibilidad). Se dice también que en periodos de hambre, "se alimentan de tierra"; y esto podría venir de haber visto al lobo desenterrar los restos de alguna presa ( los lobos entierran en ocasiones restos de sus cacerías para momentos de escasez). También se decía que un lobo veía a una persona antes que ésta le viese a él, la persona perdía la voz, y esto puede darse cuando una persona pasa mucho miedo. Otros tópicos que no tienen ninguna base real son que el lobo nunca bebe agua (al contrario, tan necesaria les es que no pueden vivir demasiado lejos de ella), que no puede volver la cabeza, que es un animal concupiscente ( sólo hay una pareja en una manada de lobos, y sólo se aparea una vez al año, además las parejas de lobos suelen mantenerse estables). Otros son exageraciones que subrayan la astucia atribuida al lobo, como la capacidad de aullar con una pata en el hocico, para que parezca que son varios en lugar de uno solo; o que cuando varios lobos cruzan un río se sujetan los unos a otros por la cola, para que no se los lleve la corriente. Las más tristes elucubraciones son, sin duda, las que conciernen a la crueldad del lobo, por ejemplo, que el lobo ataca deliberadamente a una cierva preñada para robarle el feto y devorarlo delante de ella, para después matarla.

Fuentes:

Jean Marc Landry, El lobo, Ed. Omega, Barcelona, 2004

Albert Manent, El Llop a Catalunya, Memòria, llegenda i història, Pagès Editors, Lleida, 2004.

http://www.aragonesasi.com /bestiario/index.php

http://expositions.bnf.fr /bestiaire/expo/version_esp /salle2/accueil.htm

http://espanol.geocities.com /ornitorrinco13/Simbologia _Romanica/simbologia_romanica.html

El Lobo Gris, George MacDonald

El Lobo Gris. George MacDonald (1871). Traducción de Darío Lavia.

Una oscura tarde de primavera, un joven estudiante inglés, que había estado viajando por esos alejados fragmentos de Escocia denominados las Orcadas y las Shetland, se encontró en una pequeña isla de las últimamente nombradas, atrapado por una tormenta de viento y un fuerte granizo, que irrumpió de improviso. Fue en vano buscar cualquier refugio, ya que no solo que la borrasca había oscurecido por completo el paisaje, sino que tampoco había más que musgo desértico a su alrededor.

Al final, sin embargo, luego de mucho caminar, se encontró al borde de un acantilado, y vio sobre la cima, tan solo a unos pies de donde se encontraba, una saliente de rocas, que podrían servirle de refugio apropiado. Trepó por sí mismo y al llegar al lugar, se dio cuenta que el piso crujía a cada uno de sus pasos. Entonces se percató que estaba pisando sobre los huesos de muchos animales pequeños, que estaban esparcidos frente a una pequeña caverna que le ofrecían el refugio buscado. Se sentó sobre una piedra y, a medidad que la tempestad decrecía en violencia, la oscuridad iba en aumento y él se sentía cada vez más incómodo, ya que no le gustaba nada la idea de pasar toda la noche en tal lugar. Se había separado de sus compañeros desde el lado opuesto de la isla y su incomodidad se veía acrecentada por un sentimiento de aprensión. Al final, cuando se calmó por completo la tormenta, escuchó el ruido de una pisada, suave y furtiva como la de un animal salvaje, bajo los huesos de la entrada de la cueva. Se paró, como presa de algún temor, a pesar del pensamiento de que no había animales peligrosos en aquella isla. Antes que tuviera tiempo de pensarlo, el rostro de una mujer apareció por la entrada. No podía verla bien, ya que estaba en una parte oscura de la cueva.

- ¿Me podría decir como encontrar el camino a través del páramo hasta Shielness? - preguntó.

- No lo podrá encontrar esta noche - respondió en un tono dulce, y con una sonrisa hechizante que reveló unos dientes de lo más blancos.

- ¿Por que no puedo?

- Mi madre le dará refugio esta noche, pero es todo lo que le puede ofrecer.

- Y es más de lo que esperaba hace un minuto atrás, - replicó él. - Estoy más que agradecido.

Ella se dio vuelta en silencio y abandonó la caverna, y el joven la siguió.

Estaba descalza, y sus bellos pies marchaban de manera felina sobre las piedras. Ella le mostró el camino a través de una senda rocosa hacia la costa. Sus vestimentas eran escasas y estaban raídas, y su cabello se enmarañaba con el viento. Parecía tener unos veinte o veinticinco años y era ágil y pequeña. Mientras caminaba, sus largos dedos estaban ocupados en jalar y aferrar nerviosamente sus faldas. Su rostro era muy gris y bastante consumido, pero delicadamente formado, y con piel muy tersa. Sus delgadas fosas nasales estaban trémulas como párpados, y los labios, de curvas inmaculadas, no daban signos de poseer sangre en sus interiores. Como eran sus ojos, él no podía apreciar, ya que ella no levantaba nunca las delicadas películas de sus párpados.

Llegaron al pie del acantilado, donde se levantaba una pequeña cabaña, que utilizaba una cavidad natural en la roca. El humo se esparcía por sobre la faz de la roca, y un agradable aroma a comida esperanzaba al hambriento estudiante. Su guía abrió la puerta de la cabaña y él la siguió al interior, y vio a una mujer encimada sobre la chimenea. Sobre el fuego había una parrilla con un largo pescado. La hija habló unas palabras, y la madre se dio la vuelta y recibió al extraño. Ella era muy vieja y su rostro estaba muy arrugado, parecía estar afligida. Desempolvó la única silla en la casa y la ubicó junto al fuego ofreciéndola al joven, quien se sentó mirando hacia una ventana, a través de la cual se vio una pequeña parcela de arenas, más allá de las cuales las olas rompían lánguidamente. Bajo esta ventana había un banco, sobre el que la hija se sentó en inusual postura, dejando descansar su barbilla sobre su mano. Un momento después, el joven pudo por primera vez notar el aspecto de sus ojos azules. Le estaban mirando fijo con un extraño aspecto de avidez, casi de deseo ardiente pero, como si cayera en cuenta de que la mirada la traicionaba, ella quitó la vista inmediatamente. En el momento en que ella disimuló su mirada, su rostro, no obstante su palidez, era casi hermoso.

Cuando la comida estuvo lista, la vieja pasó un paño por la mesa, y la cubrió con una pieza de fina mantelería. Luego sirvió el pescado en una fuente de madera, e invitó al joven a servirse. Viendo que no había otras provisiones, sacó de su bolsillo un cuchillo de cacería, y sacó una porción de carne, ofreciéndoselo a la madre en primer lugar.

- Adelante, mi cordero, - dijo la vieja mujer; y la hija se acercó a la mesa. Pero sus fosas nasales y boca se estremecían de manera desagradable.

Al siguiente momento ella se dio la vuelta y salió corriendo de la cabaña.

- No le gusta el pescado, - dijo la vieja, - y no tengo nada mejor para darle.

- No parece tener buena salud, - replicó el joven.

La mujer solo respondió con un suspiro, y luego comieron el pescado, acompañándolo tan solo con un pequeño pan de centeno. Cuando terminaron, el joven escuchó el sonido como de pisadas de perros sobre la arena cercana a la puerta, pero antes que tuviera tiempo de mirar por la ventana, la puerta se abrió, y la joven entró. Se veía mejor, quizás porque habíase lavado la cara. Se arrinconó en un taburete, en la esquina opuesta al fuego. Pero cuando se sentó, para su perplejidad y hasta su horror, el estudiante pudo ver una gota de sangre sobre su blanca piel entre su desgarrado vestido. La mujer sacó una jarra de whisky, y puso un calderón sobre el fuego, tomando un lugar frente a este. Tan pronto como el agua hirvió, procedió a hacer un ponche en un tazón de madera.

En mientras, el estudiante no podía quitar sus ojos de la joven, hasta que al final se quedó fascinado, o quizás cautivado por ella. Ella mantenía sus ojos durante la mayor parte del tiempo cubiertos por sus adorables párpados, coronados con oscuras pestañas; él continuó mirando extasiado, ya que el fulgor rojo de la pequeña lámpara cubría en su totalidad todas las rarezas de su complexión. Pero tan pronto como recibía cualquier mirada de aquellos ojos, su alma se estremecía. El rostro adorable y la mirada ardiente alternaban fascinación y repulsión.

La madre puso el tazón en sus manos. Bebió con moderación y se lo pasó a la chica. Ella lo deslizó por sus labios, y luego de probarlo (tan solo probarlo) lo miró a él. El joven pensó que la bebida debería tener alguna droga que afectó su mente. Su cabello se alisó hacia atrás, y esto provocó que su frente se adelantara, mientras la parte inferior de su rostro se proyectó hacia el tazón, revelando antes de beberlo, su obnubilante dentadura de extraña prominencia. Al instante esta visión se desvaneció; ella le regresó el recipiente a su madre, se levantó y volvió a salir de la estancia.

Entonces la vieja mujer le mostró una cama de brezo en una esquina al tiempo que susurraba una apología; y el estudiante, fatigado tanto del día como de las peculiaridades de la noche, se arrojó en el lecho, y cubrió con su capa. Cuando se acostó, afuera, la tormenta se reinició y el viento comenzó nuevamente a soplar a través de las grietas de la cabaña, de manera que solo luego de cubrirse hasta la cabeza con la capa pudo verse al resguardo de tales ráfagas. Incapaz de dormir, se quedó escuchando el estrépito de la tempestad, que crecía en intensidad a cada minuto. Luego de un rato, se abrió la puerta, y la joven entró, acercándose al fuego, sentándose en la banqueta frente al mismo, en la misma extraña postura, con el mentón apoyado sobre la mano y el codo, y la cara mirando al joven. Él se movió un poco; ella dejó caer la cabeza y cruzó los brazos bajo su frente. La madre había desaparecido.

Le dio sueño. Un movimiento del banco lo despertó, y se imaginó que veía una criatura cuadrúpeda alta como un gran perro trotando lentamente hacia afuera. Estaba seguro que sintió una ráfaga de viento frío. Mirando fijamente a través de la oscuridad, creyó ver los ojos de la doncella encontrando a los propios, pero las últimas resplandescencias del fuego le revelaron claramente que la banqueta estaba vacía. Se preguntó que pudo haber pasado para que ella saliera en la tormenta, y luego se quedó profundamente dormido.

En la mitad de la noche sintió un dolor en su hombro, y se despertó súbitamente, viendo los ojos incandescentes y la sonriente dentadura de un animal cercana a su rostro. Las garras estaban en su hombro, y sus fauces en el acto de buscar la garganta. Antes que pueda clavar sus colmillos, sin embargo, agarró al animal por el cuello con una mano y sacó el cuchillo de cacería con la otra. A continuación hubo una terrible lucha y, a pesar de las garras, pudo encontrar y sacar el arma. Intentó apuñalar a la bestia, pero fue infructuoso y estaba intentando asegurarse con un segundo intento cuando, con un contorsionante esfuerzo, la criatura zafó y retrocedió y con algo entre un aullido y un grito, escapó de allí. Nuevamente la puerta se abrió; una vez más el viento resopló adentro, y continuó soplando; una ráfaga de lluvia entró al piso de la cabaña y le llegó al rostro. Se levantó del lecho y salió a la puerta.

Afuera estaba muy oscuro, a no ser por el destello de la blancura de las olas cuando rompían, a tan solo unas yardas de la cabaña; el viento soplaba con fuerza, y la lluvia seguía vertiendo agua a cántaros. Un sonido atroz, mezcla de sollozo y aullido vino de algún lugar en la oscuridad. Se dio vuelta y se introdujo de nuevo en la cabaña, cerrando a su paso la puerta, sin embargo no pudo encontrar gran seguridad en esta.

La lámpara estaba casi apagada, y no logró asegurarse si la chica estaba sobre la banqueta o no. A pesar de tener una gran repugnancia, se acercó, y puso sus manos sobre esta, para darse cuenta que no había nada allí. Se sentó y esperó hasta que rompieron las primeras luces del día: ya no se atrevía a quedarse nuevamente dormido.

Una vez que hubo amanecido, salió de nuevo y miró alrededor. La mañana estaba un poco oscura, ventosa y gris. El viento había menguado, pero las olas seguían rompiendo salvajemente. Vagó durante algún tiempo por la costa, esperando a que aumente la luz.

Al final escuchó un movimiento en la cabaña. Más tarde la voz de la anciana llamándole desde la puerta.

- Se ha levantado muy temprano, joven. Dudo que haya dormido bien.

- No muy bien, - respondió. - ¿pero dónde está su hija?

- Ella no se ha despertado aún - dijo la madre. - Me temo que tengo un pobre desayuno para usted. Pero tomará una copita y un poco de pescado. Es todo lo que tengo.

Sin desear herirla, y dándose cuenta que tenía un buen apetito, se sentó a la mesa. Mientras comían, la hija llegó, pero no quiso mirarlos y se arrinconó en el lugar más lejano de la cabaña. Cuando se acercó un poco, después de uno o dos minutos, el joven vio que ella tenía el pelo empapado, y su rostro estaba más pálido de lo normal. Se veía débil y tenía mal aspecto. Cuando levantó la vista, toda su anterior fiereza habíase desvanecido, y solo quedaba en su lugar una gran expresión de tristeza. Su cuello estaba cubierto con un pañuelo de algodón. Ahora se mostraba mucho más atenta por él, y ya no rehuía la mirada. Poco a poco se iba rindiendo a la tentación de afrontar otra noche en tal lugar, cuando la anciana habló.

- El tiempo ha mejorado ya, joven - dijo. - Sería mejor que marchara, o sus amigos se irán sin usted.

Antes que pudiera responder, vio tal expresión de súplica en la mirada de la chica, que vaciló confundido. Miró de nuevo a la madre y vio un atisbo de ira en su rostro. Ella se levantó y se acercó a su hija, con la mano elevada como para pegarle. La joven inclinó su cabeza con un grito. En tanto el muchacho se lanzó desde la mesa para interponerse entre ellas. Pero la madre ya la había atrapado; el pañuelo se cayó de su cuello; y el joven pudo ver cinco magulladuras azules en su adorable cuello, las marcas de cuatro dedos y el pulgar de una mano izquierda. Con un grito de horror, se quiso ir de la casa, pero cuando llegó a la puerta, se dio vuelta. Su anfitriona estaba inmóvil en el piso, y un enorme lobo gris estaba saltando tras él.

Ahora no había arma a mano; y si hubiese habido, su caballerosidad innata nunca le hubiera permitido utilizarla para dañar a una mujer, a pesar que tuviera el aspecto de un lobo. Insintivamente, se puso firme, se inclinó hacia adelante, con los brazos medio extendidos, y las manos curvadas, como para agarrar nuevamente la garganta sobre la que antes había dejado tales marcas. Pero la criatura eludió su captura, y en vez de sentir sus colmillos, tal y como esperaba, se encontró a la chica gimiendo en su pecho, con sus brazos alrededor del cuello. Al siguiente instante, el lobo gris resurgió y brincó aullando hacia el risco. Recobrándose tanto como su juventud le permitía, el muchacho le siguió, ya que esta era el único camino para salir de ahí, y poder encontrar a sus compañeros.

De repente escuchó de nuevo el sonido de los huesos crujiendo (no como si la criatura los estuviera devorando sino como si hubieran sido molidos por sus dientes para desquitarse de la furia y la desilusión); mirando a su alrededor, volvió a ver la misma caverna en que había tomado refugio la noche anterior. Totalmente resoluto, pasó por ahí, lenta y suavemente. Desde el interior surgió el sonido de una mezcla de gemido y gruñido.

Habiendo alcanzado la cima, corrió a toda velocidad durante algún tiempo antes de aventurarse a mirar a sus espaldas. Cuando al final pudo hacerlo, vio, a lo lejos, contra el cielo, a la chica sentada sobre la cima del acantilado, sacudiendo sus manos. Un solitario gemido cruzó el espacio entre ellos. Ella no hizo intento alguno por seguirlo, y él llegó a la costa opuesta algún tiempo después, sano y salvo.


Acerca del autor: George MacDonald 1824 - 1905 Predicador escocés, autor de numerosos escritos (novelas, cuentos de hadas, poemas, ensayos y sermones). Influenciado por los románticos ingleses y alemanes, sus escritos contribuyeron al desarrollo del género fantástico y de la literatura infantil.

Fuente: http://www.cinefantastico.com/terroruniversal/ficcion/index.php
"Ficción" es un sitio asociado a Cinefania.com que se dedica a difundir la literatura fantástica previa a 1925

Lais de Bisclavert, María de Francia

    Marie de France escribió entre sus lais, en el s.XII, la historia de un noble licántropo, cuya imagen es positiva en lugar de monstruosa. El lais de Bisclavert fue un modelo a imitar por otros autores (por ejemplo en el "Lais de Melion" o el relato del Alphouns incluido en el "Roman de Guillaume de Palerne").

   
    “ Dado que me propuse cantar lais,

    No quiero olvidarme de Bisclavret.

    Bisclavret dice el bretón;

    Garwfdicen los normandos.

    Antaño se podía oír

    - y con frecuencia ocurría-

    que ciertos hombres se hacían

    Lobos y vivían en los bosques.

    El hombre lobo es bestia salvaje.

    Cuando está rabioso, hombres

    Devora, causa grandes males

    Yendo y viniendo en el bosque.

    Dejemos pues la cuestión;

    Quiero contaros del hombre lobo.

    En Bretaña vivía un barón

    De quien oí maravillas;

    Caballero apuesto y bueno,

    Siempre actuaba con nobleza.

    Era íntimo de su señor

    Y todos sus vecinos lo querían.

    Tenía esposa muy rica

    Y muy agradable de ver.

    Él la amaba y ella a él.

    Pero había algo que a ella le molestaba:

    Cada semana lo perdía

    Tres días enteros, no sabía

    Qué le pasaba ni adónde iba;

    Tampoco lo sabía ninguno de los suyos.

    Una vez en que volvía

    A su casa, alegre y contento

    Lo interrogó.

    - Sire  -le dijo-, mi bello y dulce amigo,

    una cosa preguntaros

    yo quisiera, si me atreviese,

    Pero temo mucho vuestra ira.

    A nada le temo tanto.

    Cuando la oyó, la abrazó

    Y atrayéndola le dio un beso.

    - Señora  - dijo-, ¡Preguntad!

    No hay cosa que yo no quiera

    Deciros, si puedo hacerlo.

    - ¡A fe mía – dijo ella- estoy salvada!

    ¡Sire, tanto miedo tengo yo

    Los días que no estáis a mi lado!

    El corazón mucho me duele

    Y tanto temo perderos

    Que si muy pronto no hallo consuelo

    Creo morir de inmediato.

    ¡Decidme adónde vais,

    Adónde estáis, dónde os quedáis!

    ¿A otra amáis?

    Si es así, es grave falta.

    - Señora, por Dios, piedad!

    Grandes males sufriría si os lo digo,

    De mi amor te alejarías

    Y yo mismo me perdería.

    Cuando la dama lo oyó,

    No lo tomó como broma.

    Tantas veces le pregunta,

    Tanto lo elogia y adula

    Que su aventura le cuenta

    Y cosa alguna le oculta.

    - Señora, me convierto en hombre lobo,

    En el bosque me introduzco

    En la espesura cerrada,

    Y allí vivo de las presas y rapiña.

    Cuando todo le contó

    Ella entonces preguntó

    Si iba desnudo o vestido.

    - Señora – dijo- , desnudo.

    - Dime, por Dios ¿y tus ropas?

    - Señora, eso no responderé,

    pues si llegara a perderlas

    o me vieran al dejarlas

    Hombre lobo sería yo para siempre.

    No tendría yo socorro

    Hasta que me fueran devueltas.

    No quiero pues que se sepa.

    -Sire – respondió la dama-,

    soy quién más te ama en el mundo:

    Nada debéis ocultarme, de mí no debéis dudar.

    No sería ya amistad.

    ¿Mal os hice? ¿Por qué pecado

    Cometido dudáis de mí?

    Bien será que lo digáis.

    Tanto lo apremia, le suplica,

    Que ya no puede negarse.

    -Señora – dice-,  entrando al bosque,

    junto al camino que tomo,

    hay una vieja capilla

    Que a menudo me ha servido.

    Hay allí una piedra hueca,

    Debajo de unos arbustos.

    Dejo allí mis pertenencias

    Hasta volver a la casa.

    La dama oyó esa maravilla

    Y enrojeció de pavor.

    Se espantó de la aventura

    Y ya no pensó en otra cosa

    Que en dejar su compañía,

    Yacer con él no quería.

    A un caballero del condado

    Que largamente la había amado

    Suplicado y requerido

    Y que le ofreció su servicio

    - a quien ella no amaba

     ni su amor le prometía-

    ahora le manda un mensaje

    abriendo su corazón:

    “Amigo mío – le dice-, alegraos!

    Eso por lo que penáis

    Os lo doy sin dilación:

    No opondré yo resistencia;

     Mi amor y cuerpo os ofrezco,

    ¡Amante vuestra he de ser!”.

    Le agradece el caballero

    Y le toma la palabra

    Jurando que él cumplirá.

    Luego ella le contó

    Lo que hacía su señor,

    Y en el bosque le enseñó

    Dónde dejaba sus ropas.

    Así fue traicionado el hombre lobo

    Y por su mujer vendido.

    Ausente muy a menudo,

    Como era de esperar, pensaron todos

    Que se había marchado para siempre.

    Preguntaron y buscaron.

    No se lo pudo encontrar.

    Terminaron las pesquisas.

    Se casó entonces la dama

    Con ese que la quería.

    Pasó así un año entero,

    Hasta que el rey fue a cazar.

    Se marchó directo al bosque

    Donde estaba el hombre lobo.

    Una vez sueltos los canes,

    Muy pronto allí lo encontraron.

    Todo el día lo siguieron

    Los perros y cazadores,

    Tanto que al final lo alcanzan

    Y ya van a destrozarlo.

    Tan pronto como ha visto al rey,

    Su misericordia implora.

    Pronto se aferra a su estribo

    Y le besa pierna y pie.

    Lo ve el rey y siente miedo

    Y a sus compañeros llama.

    - ¡Señores – dice-, venid!

    ¡Mirad esta maravilla!

    ¡Ved la bestia que se humilla!

    Como un hombre piensa e implora.

    ¡Que retrocedan los perros

    y que ninguno lo hiera!

    La bestia piensa y comprende.

    ¡Apresuraos!, ¡Partamos!    

    A la bestia la perdono.

    No deseo cazar más.

    El rey se vuelve a la corte.

    El hombre lobo lo sigue

    Muy de cerca, no se aparta,

    No desea abandonarlo.

    El rey lo lleva al castillo

    Satisfecho y muy contento

    Ya que nunca ha visto igual.

    Por maravilla lo tiene

    Y gran cariño le guarda.

    A los suyos ha ordenado

    Que lo cuiden por su amor,

    Y que nadie lo maltrate,

    No le peguen ni lo hieran,

    Que alimento no le falte.

    Todos lo cuidan con gusto.

    A diario entre caballeros

    Y junto al rey él se echa.

    No hay nadie que no lo quiera;

    Es tan franco y es tan bueno

    Que a nadie busca hacer mal.

    Allí dónde el rey se fuera

    Ni un segundo lo abandona.

    Sabe lo que quiere bien.

    Oís después que pasó

    A una corte ha convocado

    El rey a todos sus barones

    Que tuvieran feudo propio

    Para ayudar en la fiesta

    Para servirlo mejor.

    Quien casó con la mujer

    Del hombre lobo allí fue

    Muy ricamente ataviado.

    No sabía que tan cerca

    Al lobo se iba a encontrar.

    A penas llegó al palacio,

    Encontrose al hombre lobo,

    Que corrió hasta donde estaba él

    Y con los dientes lo arrastra.

    Mayor daño le habría hecho

    Si no lo llamaba el rey

    Con una vara en la mano.

    Dos veces quiso morderlo.

    Asombrados quedan todos

    Pues jamás procedió así

    Ante la vista de nadie.

    Todos en la casa dicen

    Que no actúa sin razón,

    Que por algo está ofendido

    Y desea pues vengarse.

    Nada más pasó ese día.

    Se marcharon los barones

    Y a sus casas retornaron.

    Entre aquellos caballeros

    Partió muy presto el mordido ,

    El que atacó el hombre lobo.

    No sorprende si lo odia..

    No pasó mucho tiempo

    - según creo -

    sin que volviese al bosque el rey,

    que era tan sabio y cortés,

    Donde fuera encontrado el hombre lobo.

    Con él marchaba la bestia.

    Fue así que al caer la noche

    La corte allí se instaló.

    Lo supo la pérfida esposa

    Y solícitamente vistiose.

    A la mañana al rey fue a hablar

    Llevándole un rico presente.

    Cuando el animal la vio venir

    Nadie pudo retenerlo:

    Hacia ella corrió rabioso.

    ¡Oíd lo bien que se ha vendado!

    Le arrancó la nariz del rostro.

    ¿Qué otro daño podía hacerle?

    Todos lo han amenazado

    Y lo habrían despedazado

    Si un sabio no le hablaba al rey:

    - Sire –le dijo - ¡escuchadme!

    Esta bestia ha vivido a vuestro lado.

    Y no hay entre nosotros

    Nadie que no la haya visto largamente.

    Jamás tocó a hombre alguno

    Ni demostró felonía,

    Salvo atacar a esta dama.

    Por esta fe que yo os debo,

    Algún motivo él tendrá

    Contra ella y su señor.

    Ella fue esposa de aquél

     A quien tanto vos queríais

    Y se perdió, sin que hasta hoy

    Sepamos qué le pasó.

    Obligad con tortura a esta mujer

    Para hacer que diga algo

    Que nos deje saber por qué la odia.

    ¡Haced que hable si ella sabe!

    Muchas maravillas presenciamos

    Sucedidas en Bretaña.

    El rey siguió su consejo:

    Retenido el caballero,

    Hizo apresar a la dama

    Y la ha puesto en gran tormento.

    Por el dolor y por miedo

    Todo contó de su señor:

    Cómo lo había traicionado,

    Cómo lo hubo despojado,

    La aventura que él contó, en qué cambiaba, dónde iba

    Y cómo luego de quitarle los vestidos

    Nunca más fue visto en la región.

    Ella bien pensaba ahora

    Que esa bestia fuera aquél.

    El rey le exigió la ropa

    Que a su pesar la dama entrega.

    Al verla el hombre lobo,

    Ni la mira ni se acerca.

    Fue entonces cuando aquel sabio

    Que al rey hubo aconsejado

    Dijo: - Sire, no lo estáis haciendo bien.

    Por nada este hombre lobo

    Se vestiría ante vos

    No cambiaría de forma.

    No sabéis lo que significa:

    Sentiría gran vergüenza.

    Llevadlo a vuestros aposentos

    Y que la ropa le alcancen.

    Dejémosle un taro largo.

    Veremos si se hace hombre.

    El rey mismo lo condujo

    Cerrando tras de sí las puertas.

    Volvió al cabo de algún tiempo

    Con dos barones a verlo.

    Los tres entran en la pieza

    Y sobre la cama del rey hallan

    Que durmiendo está el caballero.

    Corrió el rey para abrazarlo,

    Más de cien veces lo besa.

    A penas éste se repuso,

    Le entregó toda su tierra,

    Y más, que yo no lo digo.

    A la mujer la expulsó

    De la región y la corte.

    Con ella partió aquel otro

    Que había traicionado a su señor.

    Ambos tuvieron muchos hijos

    Por su aspecto y su rostro conocidos:

    Varias mujeres del linaje

    Nacieron desnarigadas

    Y vivieron sin nariz.

    La aventura que habéis oído

    Verdad fue, no lo dudéis.

    Del hombro lobo es el lais

    Que espero siempre recordéis.”

    

    Fuente: Fondebrider, Jorge; Licantropía, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2004. pp.67-76.

    
    Notas acerca de simbología en el lais de Bisclavret

                                      
  “El lais de Bisclavert también recibe el nombre de Garwalf en las leyendas normandas. Garwalf se relaciona con werewolf, es decir el hombre lobo. La creencia en tales criaturas era extensa en la Edad Media. Según las leyendas son propensos a morar en los bosques, lugares que se considerarán como peligrosos y espantosos.

    En este lai tenemos el ejemplo de la esposa curiosa que sólo busca desvelar el secreto de su marido para perjudicarle es el modelo bíblico da Sansón y Dalila.

    Vemos que el protagonista aunque se convierta en hombre-lobo no ataca a los humanos, vive de la caza, podría ser un intento por parte de la escritora de darle una moral al protagonista y hacernos entender que todo lo que hace es porque es victima de su propia transformación.

    En este lais se da tanta importancia al hecho de aparecer desnudo ya que la desnudez como tal es el distanciamiento de la civilización, la ropa es lo que diferencia al ser humano de los animales.

    La capilla donde el hombre-lobo realiza la transformación nos transmite la idea de que dicha metamorfosis se hace al amparo de un lugar sagrado.

    A causa de la traición de su esposa él perderá la condición de ser humano cuando el amante de esta le robe la ropa. Así pasará un año entero hasta que el rey vaya a cazar y lo encuentre, por avatares del destino el rey se apiadará de él y se lo llevará con él a su castillo.

    Aquí encontramos el tema folklórico y recurrente del perro fiel. En la simbología medieval el león que tendría mucho que ver con el perro es el animal heráldico prototipito, es el símbolo de la realeza. También a los pies de las tumbas de los caballeros veremos un león o un perro de caza porque representan la fortaleza y la valentía en el combate. A los pies de las damas podemos ver, aunque sin generalizar, un perro de compañía porque este simboliza las virtudes de lealtad y fidelidad al marido, estas son las virtudes medievales de toda buena dama. Por eso podría ser paradójico que la mujer del hombre-lobo fuese atacada por un “perro” encarnado en la figura de su marido, ya que ella no reúne las características de buena dama..

    Bisclavert cuando ataco a su esposa le arranco la nariz y este tipo de mutilaciones eran frecuentes en la Edad Media y se efectuaban a los malhechores. Además, esta mutilación no sólo será una marca física sino que afectará a todo el linaje por la magnitud de la afrenta que hizo la mujer de Bisclavert a este.”

    Acerca de la Autora:

    Maria de Francia es la primera escritora francesa de nombre conocido que aparecerá como autora de tres obras en la segunda mitad del siglo XII. Servirá de modelo a los demás escritores que trataron la Materia de Bretaña y la narrativa en verso.

    La producción literaria de Maria de Francia consta de los lais (doce narraciones fantásticas inspiradas en las composiciones musicales de juglares), la traducción de las Fábulas de Esopo del inglés al francés y la traducción del Espurgatoire Saint Piatrice obra que narra las aventuras del apóstol de Irlanda, del latín.

    Es característico de la autora dejar traslucir el influjo de obras contemporáneas, aludir a autores de la Antigüedad clásica. La obra de Maria de Francia más llamativa fueron los lais, la colección de doce relatos breves que tiene como tema central el amor y que se desarrollaran en Bretaña. Maria de Francia llamaba lai a las composiciones musicales que los bretones tocaban con arpa y acabo designando con el mismo termino las narraciones breves de tema bretón. Los lais se inspiran en los juglares pero su elaboración se debe al trabajo de Maria de Francia, que fue mujer de gran cultura y sensibilidad para dotar a los personajes de matices psicológicos. Vemos que los lais recogen influencias folklóricas que muchas veces predominan sobre el amor cortés y el influjo de los textos latinos se impone sobre la ingenuidad del cuento.

    Fuente:  “María de Francia” publicado por Silvia B, de la Universidad de Alicante en:  http://html.rincondelvago.com/maria-de-francia.html


La Cueva de Coyote

Traducción de una de las historias de Coyote de Wayne Ude, basadas en la tradición Nativa Americana.
    
    Estas historias tienen lugar en los primeros días del mundo, pero no al principio de todo. De hecho, parece que hay pocos cuentos nativos del “principio de todo”. Los nativos americanos tradicionales tienden a ver el tiempo como algo circular, por lo que el mundo no tiene realmente un principio y nunca acabará – aunque pueden haber transformaciones tan completas que parezca que el viejo mundo acaba y uno nuevo lo remplaza.

    Por esto esta historia comienza cuando la tierra ya existía en algún lugar bajo el agua.  Coyote y Lobo  también existían, y los animales submarinos. De hecho, probablemente todos los otros animales vivían en algún lugar; simplemente aún no habían subido a la tierra.

    Cuando estas historias empezaron en los primeros días del mundo, Coyote y los otros tuvieron que aprender cómo funcionaban las cosas. Ciertamente, ellos no tenían demasiado claro como empezar con todo. De hecho, ellos no estaban demasiado seguros de lo que eran o como habían llegado hasta allí, mucho menos de los poderes que tenían, o cómo utilizarlos. Ellos estaban un poco confundidos al principio – Coyote siempre está un poco confundido, incluso en la actualidad.

    

    La Cueva de Coyote
    

    Coyote y Lobo habían flotado en una balsa días y días sin haber visto tierra, o otras balsas, o algo nadando en el agua. Ellos estaban confundidos: ninguno podía recordar que habían estado haciendo antes de encontrarse en la balsa.  Esto no incomodaba demasiado a Coyote, quien a menudo no podía recordar, o eso pensaba – no podía estar seguro, puesto  no podía recordar si  tenía cosas que recordar. Lobo, sin embargo, estaba seguro de su memoria, que a diferencia de la de Coyote,  había sido siempre aguda y confiable, aunque no podía recordar nada antes de la balsa, tampoco. Por eso Lobo concluyó que aquella balsa flotando sola en el agua infinita debía ser la primera cosa que había sucedido: este debía ser el principio del mundo, y él y Coyote debían ser, los primeros seres en el mundo. Lobo estuvo bastante orgulloso de sí mismo por llegar a esta conclusión, por eso no esperó para decir a Coyote: “Este es el principio de las cosas,  y nosotros somos los únicos seres en el mundo!”

    Todo eso le pareció bien a Coyote, pero él quería saber de qué cosas era el principio era balsa. Lobo no pudo decírselo, aunque él pensaba que debía ser algo. Tal vez bajo toda aquella agua podía haber tierra, pensaba Lobo, pero no estaba seguro de que pudiera nadar, y propuso a Coyote sumergirse y traer un puñado   - si Lobo tuviera una pequeña porción de tierra, tal vez pudiera hacer algo.

    Coyote  miró la superficie del agua azul y profunda, la probó – ¡salada! -  y dijo que él tampoco estaba seguro de poder nadar. Ellos necesitarían alguien que pudiera bucear para una tarea como aquella.

    Justo entonces, aunque estaban seguros de encontrarse solos sólo un momento antes, Lobo se dio cuenta que Colimbo nadaba junto a ellos. Entonces Lobo preguntó a Colimbo si podía bucear. Colimbo rió –Coyote envidió esa risa y trató de imitarla, mientras Lobo le decía que callara para que Colimbo pudiera responder. Colimbo dijo que sí, que podía bucear, y Lobo le pidió que se sumergiera y trajera un poco de tierra. “Sólo un poco”, dijo Lobo, “es cuanto necesitamos, si esta historia va por dónde yo creo”.

    Coyote quería preguntar a Lobo que iba a hacer, pero Lobo le hizo callar y esperaron que Colimbo regresara “No sé que haremos si no lo hace”, dijo Lobo. Coyote respondió que ellos simplemente tendrían que enviar abajo uno de los otros buceadores. Lobo estaba a punto de preguntar “¿Qué otros buceadores?” Cuando vio a Pato, Marsopa, y muchos otros, flotando y nadando alrededor de la balsa. “¿Cómo has hecho eso?” Preguntó a Coyote.

    “¿Cómo he hecho el qué?” Respondió Coyote.

    “No importa”, dijo Lobo, “Creo que he visto a Colimbo, pero seguramente nada lento”  y todos miraron fijamente dentro del agua. “No parece que esté nadando en absoluto”, dijo Gran Tortuga, a quién nadie había visto hasta entonces. “Creo que tal vez está en problemas”.

    Lobo estaba a punto de preguntar a Gran Tortuga de dónde venía cuando Colimbo   llegó a la superficie y quedó tendido allí, bocabajo en el agua. Gran Tortuga lo subió a la balsa, donde Lobo y Coyote saltaron arriba y abajo en su pecho hasta que Colimbo se cansó de aquello y regresó a la vida.

    Colimbo no trajo nada de tierra consigo, pero él buceó lo suficientemente profundo para ver que había un poco más lejos. Luego otros buceadores lo intentaron, pero la mayoría regresaron en las mismos condiciones de Colimbo, menos Marsopa. Ella buceó hasta el final y regresó sin problemas, pero no tenía garras para traer algo de tierra. Trató de traer algo en su hocico, pero resbaló. Cuando Coyote y Lobo estaban a punto de decir lo mismo, Gran Tortuga dijo “está bien, iré”.

    Tortuga tenía un aspecto divertido – tenía un caparazón en su espalda, y aletas dónde sus pies deberían haber estado – pero Lobo y Coyote empezaban a desesperarse, por eso dijeron “está bien, espalda-dura, anda ves”. Ellos estaban un poco irritados, y aún un poco más asustados, por eso no podían ser demasiado educados.

    Gran Tortuga estuvo fuera  largo tiempo, y finalmente, ella, también, regresó inconsciente; pero ella había agarrado un minúsculo pedacito de barro con sus garras, y un poquito más había quedado en los surcos de su caparazón. Cuando los otros buceadores pusieron a Tortuga sobre la balsa para revivirla, Lobo pudo recoger suficiente tierra para hacer una minúscula bola, tan pequeña que difícilmente la podía ver. Coyote no la podía ver en absoluto, aunque dijo que podía; sin embargo estaba mirando en el lugar equivocado, y Lobo no le creyó.

    “Bien”, dijo Coyote, “No es muy grande, ¿no? No será fácil salir de la balsa a eso, ¿no?”. “Ciertamente, no”  Tubo que admitir Lobo. “No podemos salir a eso aún. Pero tal vez ella crezca”.

    Se sentaron por uno o dos días, Lobo observando la pequeña bola de tierra, y Coyote a veces mirando a Lobo y a veces mirando el lugar dónde Lobo decía que la pequeña bola estaba. Entonces Coyote empezó a aburrirse y empezó a murmurar.

    “Qué ocurre” dijo Lobo, disimulando no oír.

    “He dicho”, gritó Coyote tan alto como pudo, “que necesita ser más grande! ¡Que necesita ser más grande, eso es lo que he dicho! Grande, he dicho, grande “- Se interrumpió porque justo al decir “grande” por cuarta vez, la bola de tierra había empezado a crecer, y Coyote la pudo ver. Después de aquello, se preguntó si Lobo le estaba gastando algún tipo de broma.

    La bola de tierra crecía rápido. Primero llegó al extremo de la balsa donde estaba Lobo y luego a dónde se encontraba Coyote, y luego los empujó a ambos al agua, donde ellos aprendieron que, después de todo, podían nadar un poco. Ellos chapotearon alrededor, tratando de subir ala bola mientras ella crecía, y crecía y crecía, y finalmente lograron salir del agua a la tierra, que estaba húmeda de todos modos.

 Entonces Coyote empezó a lamentarse, “¡Todo húmedo e incómodo! ¡Nuestras rodillas están hundidas en el barro! ¡Estábamos mejor en la balsa!” .

    Lobo le dijo que se callara. “Pronto las cosas se secarán.”

    “Bien, deseo que eso ocurra rápido; que sea tan rápido como deseo; ¡ rápido, he dicho, rápido!” Después de la cuarta vez que Coyote habló, la tierra empezó a secarse  y a verdear con las primeras hierbas y los primeros pequeños brotes de lo que serían árboles, pero Coyote no mostró demasiado interés por aquello.

    “Tengo hambre”, gimoteó Coyote, pero Lobo le ignoró, y los nadadores se escondieron en el agua dónde no tuvieran que escuchar a Coyote. “ Tengo hambre”, gimoteó Coyote otra vez, “tengo hambre, tengo hambre, tengo hambre!” Pero nadie la prestó atención porque eso es lo que Coyote siempre dice, posiblemente porque siempre es verdad, y diciéndolo una vez más no cambia nada.

    Coyote se lamentó cada vez más alto, y pronto estuvo danzando arriba y abajo, llorando por la comida  tan alto como su voz le permitía. “ ¡Debería haber comida! ¡Debería haber comida! ¿Que clase de mundo es este? ¡Debería haber comida! He dicho, ¡debería haber comida!”.

    Justo entonces, con un pequeño “¡crack!” Se abrió una cueva  en las rocas – algo del barro se secó tanto que llegó a convertirse en roca – y las hormigas empezaron a salir, una larga fila de hormigas.

    Coyote miró a las hormigas y dijo, “¿Esto es comida, tal vez?”. Empezó a lamerlas sólo algunas, por eso aún hay hormigas en el mundo. Coyote  pensó que eran una agradable y crujiente comida, pero no lo podía decir porque Lobo quería algunas y tal vez no hubieran suficientes para ambos.

    Las hormigas no eran demasiado grandes, y Coyote pensó que nunca tendría suficientes. Pronto Coyote empezó a quejarse otra vez porque otros insectos empezaron a salir de la cueva  junto a las hormigas y algunos de ellos no eran buenos para comer – los escarabajos no le gustaron nada, y las abejas picaron su lengua cuando trató de llenarse la boca con ellas.

    Mientras tanto Lobo estaba mirando a Coyote y riéndose de él, aunque Lobo, también estaba debilitado a causa del hambre. Coyote estaba cansándose de trabajar tan duro por la comida, por eso dijo “¡Estas cosas deberían ser más grandes! ¡Deberían ser grandes! ¡Grandes, he dicho, deberían ser grandes!” Entonces ratones, musarañas, conejos y otros pequeños animales salieron de la cueva.

    Coyote había empezado a contarlos al salir,  pero no estaba seguro si eran los gritos, o la danza, o el decir las cosas por cuatro veces lo que había hecho posible aquello. El no quería regalar nada a Lobo, que aún estaba observándolo de cerca, por eso permaneció quieto y dejó pasar a los pequeños animales. Lobo aconsejó a Coyote que escogiera un conejo, pero Coyote dijo “No, los conejos parecen duros”,  y desde entonces lo han sido.

    Pasado un rato, Coyote  estaba cansado de ver a conejos y visones y ratas almizcleras y castores y todos los demás pequeños animales, y gritó “¡Deberían ser aún más grandes! ¡ Deberían ser aún más grandes! Más grandes, he dicho, más grandes” Al poco, antílopes, ciervos y alces salieron de la cueva.

    Lobo insistió “ Vamos ahora, vamos a coger uno de esos.“ Pero Coyote respondió, “No, vamos a esperar algo realmente grande - creo que lo acabo de oír, estemos preparados”, y se prepararon para saltar sobre el próximo animal que apareciera.

    Pudieron escuchar el siguiente subiendo de bajo tierra mucho antes de que llegara. Coyote decidió que saltaría en cuanto asomara el hocico, y así lo hizo. Pero esta vez fue Oso Grizzli el que llegó a la superficie. Grizzli rugió al ver a Coyote saltando en el aire hacia él, y Coyote casi muere de miedo al ver los colmillos y la roja y cálida garganta de Oso.  Coyote estaba seguro de ser la comida de Grizzli – pero, por suerte, no lo dijo.

    En lugar de eso, chilló, “¡No comes coyotes! ¡No comes coyotes! ¡No comes coyotes, he dicho, no comes coyotes!”. Grizzli lo empujó a un lado y corrió hasta desaparece entre los árboles que habían estado creciendo todo este tiempo, dónde ningún inconsciente pensara en molestarlo.

    Coyote estuvo rodando largo rato, con el hocico tocando su cola, llenando de magulladuras el resto de su cuerpo; y tuvo un largo camino de regreso. Cuando llegó, Lobo y sus amigos – aquellos otros lobos que debían haber salido de la cueva mientras Coyote no prestaba atención – aún estaban rodando por la hierba, riéndose y aullando “¡No comes coyotes! ¡No comes coyotes, he dicho, no comes coyotes!”

    Entonces oyeron otro ruido desde bajo tierra. Esta vez Coyote se apartó del camino en cuanto vio que era. El ruido era cada vez más cercano, y Coyote vio una gran cabeza peluda con cuernos aproximándose a la salida de la cueva; se encogió aún más, pensando en el buen sabor de las hormigas. “¡Apartaos!”  Gritó. “¡Este tiene cuernos!” y  se escondió tras una gran roca, tras la que cabía incluso su cola.

    Entonces el búfalo corrió fuera de la cueva  ante los que se habían escondido tras las rocas. Lobo empezó a reír de nuevo, pero esta vez de sí mismo y sus amigos. Al oírlo, Coyote asomó su hocico por encima de la roca, comprobó que estaba a salvo, y trepó encima.

    Lobo le dijo entonces, “¡Esto es lo que quiero cazar!”

    Aunque Coyote no había visto claramente al animal desde detrás de la roca, había visto aquellos cuernos perfectamente y este era incluso más grande que el anterior, por eso le dijo burlón a Lobo, “¿Cazar eso? ¡Deberás esperar cerca de los barrancos y abatir a los pequeños, o a los viejos y enfermos, si quieres cazar algo tan grande!” Lo dijo sólo una vez, por eso no entendió porque Lobo le golpeó. Pero Lobo ya se había hecho una idea como Coyote tenía que decir las grandes cosas cuatro veces para hacer que ocurrieran, mientras que las pequeñas cosas se hacían realidad incluso si solo las decía una vez.

    Lobo y sus amigos se fueron corriendo a acechar cerca de las manadas de búfalos, y esperar a un cachorro de búfalo, o un búfalo viejo o enfermo. Coyote decidió volver a comer hormigas, o tal vez  cazar alguno de aquellos conejos, que no hacía mucho le parecían tan duros. Pero primero se detuvo frente a la cueva y gritó, “¡Basta! ¡Basta! ¡Estamos  huyendo de los grandes! ¡No más, he dicho, no más!” Escuchó un rato, no oyó nada más viniendo, y salió de allí a buscar más hormigas, orgulloso de sí mismo por poner fin a la carrera de nuevos animales. De todos modos no había ninguno para salir después de Búfalo, como Lobo había imaginado. Pero Lobo aún estaba bastante molesto  porque Coyote lo había convertido en un cazador de débiles y viejos, y no había dicho nada.

    

    FUENTE:Wayne Ude : “Maybe I Will Do Something”,  Seven Coyote Tales, Ed Houghton Mifflin Company, Boston, 1993. Pp.  0-9



Ivan Zarevich y el lobo gris


Víctor Vasnetsov, Ivan riding the Grey Wolf



Cuento tradicional recopilado por Alexander Nikolayevich Afanasyev

Una vez, en tiempos remotos, vivía en su retiro el zar Vislav con sus tres hijos los zareviches Demetrio, Basilio e Iván. Poseía un espléndido jardín en el que había un manzano que daba frutos de oro. El zar lo quería tanto como a las niñas de sus ojos y lo cuidaba con gran esmero.
Llegó un día en que se notó la falta de varias manzanas de oro, y el zar se desconsoló tanto, que llegó a enflaquecer de tristeza. Los zareviches, sus hijos, al verlo así se llegaron a él y le dijeron:
-Permítenos, padre y señor, que, alternando, montemos una guardia cerca de tu manzano predilecto.
-Mucho os lo agradezco, queridos hijos -les contestó-, y al que logre coger al ladrón y me lo traiga vivo le daré como recompensa la mitad de mi reino y a mi muerte será mi único heredero.

La primera noche le tocó hacer la guardia al zarevich Demetrio, quien apenas se sentó al pie del manzano quedose profundamente dormido. Por la mañana, cuando despertó, vio que en el árbol faltaban aún más manzanas.
La segunda noche tocole el turno al zarevich Basilio y ocurriole lo mismo, pues le invadió un sueño tan profundo como a su hermano.
Al fin le llegó la vez al zarevich Iván. No bien acababa de sentarse al pie del manzano cuando sintió un gran deseo de dormir; se le cerraban los ojos y daba grandes cabezadas. Entonces, haciendo un esfuerzo, se puso en pie, se apoyó en el arco y quedó así en guardia esperando.
A medianoche iluminose de súbito el jardín y apareció, no se sabe por dónde, el Pájaro de Fuego, que se puso a picotear las manzanas de oro. Iván zarevich tendió su arco y lanzó una flecha contra él; pero sólo logró hacerle perder una pluma y el pájaro pudo escapar.

Al amanecer, cuando el zar se despertó, Iván Zarevich le contó quién hacía desaparecer las manzanas de oro y le entregó al mismo tiempo la pluma.
El zar dio las gracias a su hijo menor y elogió su valentía; pero los hermanos mayores sintieron envidia y dijeron a su padre:
-No creemos, padre, que sea una gran proeza arrancar a un pájaro una de sus plumas. Nosotros iremos en busca del Pájaro de Fuego y te lo traeremos.
Reflexionó el zar unos instantes y al fin consintió en ello. Los zareviches Demetrio y Basilio hicieron sus preparativos para el viaje, y una vez terminados se pusieron en camino. Iván Zarevich pidió también permiso a su padre para que lo dejase marchar, y aunque el zar quiso disuadirle, tuvo que ceder al fin a sus ruegos y lo dejó partir.

Iván Zarevich, después de atravesar extensas llanuras y altas montañas, se encontró en un sitio del que partían tres caminos y donde había un poste con la siguiente inscripción:
"Aquel que tome el camino de enfrente no llevará a cabo su empresa, porque perderá el tiempo en diversiones; el que tome el de la derecha, conservará la vida, si bien perderá su caballo, y el que siga el de la izquierda, morirá."
Iván Zarevich reflexionó un rato y tomó al fin el camino de la derecha.
Y siguió adelante un día tras otro, hasta que de pronto se presentó ante él en el camino un lobo gris que se abalanzó al caballo y lo despedazó. Iván continuó su camino a pie y siguió andando, andando, hasta que sintió gran cansancio y se detuvo para tomar aliento y reposar un poco; pero le invadió una gran pena y rompió en amargo llanto. Entonces se le apareció de nuevo el Lobo Gris, que le dijo:
-Siento, Iván Zarevich, haberte privado de tu caballo; por lo tanto, móntate sobre mí y dime dónde quieres que te lleve.

Iván Zarevich montose sobre él, y apenas nombró al Pájaro de Fuego, el Lobo Gris echó a correr tan rápido como el viento. Al llegar ante un fuerte muro de piedra, parose y dijo a Iván:
-Escala este muro, que rodea a un jardín en el que está el Pájaro de Fuego encerrado en su jaula de oro. Coge el pájaro, pero guárdate bien de tocar la jaula.

Iván Zarevich franqueó el muro y se encontró en medio del jardín. Sacó al pájaro de la jaula y se disponía a salir, cuando pensó que no le sería fácil el llevarlo sin jaula. Decidió, pues, cogerla, y apenas la hubo tocado cuando sonaron mil campanillas que pendían de infinidad de cuerdecitas tendidas en la jaula. Despertáronse los guardianes y cogieron a Iván Zarevich, llevándolo ante el zar Dolmat, el cual le dijo enfadado:
-¿Quién eres? ¿De qué país provienes? ¿Cómo te llamas?
Contole Iván toda su historia, y el zar le dijo:
-¿Te parece digna del hijo de un zar la acción que acabas de realizar? Si hubieses venido a mí directamente y me hubieses pedido el Pájaro de Fuego, yo te lo habría dado de buen grado; pero ahora tendrás que ir a mil leguas de aquí y traerme el Caballo de las Crines de Oro, que pertenece al zar Afrón. Si consigues esto, te entregaré el Pájaro de Fuego, y si no, no te lo daré.

Volvió Iván Zarevich junto al Lobo Gris que, al verle, le dijo:
-¡Ay, Iván! ¿Por qué no hiciste caso de lo que te dije? ¿Qué haremos ahora?
-He prometido al zar Dolmat que le traeré el Caballo de las Crines de Oro -contestole Iván-, y tengo que cumplirlo, porque si no, no me dará el Pájaro de Fuego.
-Bien; pues móntate otra vez sobre mí y vamos allá.
Y más rápido que el viento se lanzó el Lobo Gris, llevando sobre sus lomos a Iván. Por la noche se hallaba ante la caballeriza del zar Afrón y otra vez habló el Lobo a nuestro héroe en esta forma:
-Entra en esta cuadra; los mozos duermen profundamente; saca de ella al Caballo de las Crines de Oro; pero no vayas a coger la rienda, que también es de oro, porque si lo haces tendrás un gran disgusto.
Iván Zarevich entró con gran sigilo, desató el caballo y miró la rienda, que era tan preciosa y le gustó tanto, que, sin poderse contener, alargó un poco la mano con intención tan sólo de tocarla. No bien la hubo tocado cuando empezaron a sonar todos los cascabeles y campanillas que estaban atados a las cuerdas tendidas sobre ella. Los mozos guardianes se despertaron, cogieron a Iván y lo llevaron ante el zar Afrón, que al verlo gritó:
-¡Dime de qué país vienes y cuál es tu origen!
Iván Zarevich contó de nuevo su historia, a la que el zar hubo de replicar:
-¿Y te parece bien robar caballos siendo hijo de un zar? Si te hubieses presentado a mí, te habría regalado el Caballo de las Crines de Oro; pero ahora tendrás que ir lejos, muy lejos, a mil leguas de aquí, a buscar a la infanta Elena la Bella. Si consigues traérmela, te daré el caballo y también la rienda, y si no, no te lo daré.

Prometió poner en práctica la voluntad del zar y salió. Al verlo el Lobo Gris le dijo:
-¡Ay, Iván Zarevich! ¿Por qué me has desobedecido?
-He prometido al zar Afrón -contestó Iván- que le traeré a Elena la Bella. Es preciso que cumpla mi promesa, porque si no, no conseguiré tener el caballo.
-Bien; no te desanimes, que también te ayudaré en esta nueva empresa. Móntate otra vez sobre mí y te llevaré allá.
Montose de nuevo Iván sobre el Lobo, que salió disparado como una flecha. No sabemos lo que duraría este viaje, pero sí que al fin parose el Lobo ante una verja dorada que cercaba al jardín de Elena la Bella. Al detenerse habló de este modo a Iván:
-Esta vez voy a ser yo quien haga todo. Espéranos a la infanta y a mí en el prado al pie del roble verde.
Obedeciole Iván, y el Lobo saltó por encima de la verja, escondiéndose entre unos zarzales. 
Al atardecer salió Elena la Bella al jardín para dar un paseo acompañada de sus damas y doncellas, y cuando llegaron junto a los zarzales donde estaba escondido el Lobo Gris, éste les salió al encuentro, cogió a la infanta, saltó la verja y desapareció. Las damas y las doncellas pidieron socorro y mandaron a los guardianes que persiguieran al Lobo Gris. Éste llevó a la infanta junto a Iván Zarevich y le dijo:
-Móntate, Iván; coge en brazos a Elena la Bella y vámonos en busca del zar Afrón.

Iván, al ver a Elena, prendose de tal modo de sus encantos, que se le desgarraba el corazón al pensar que tenía que dejársela al zar Afrón, y sin poderse contener rompió en amargo llanto.
-¿Por qué lloras? -preguntole entonces el Lobo Gris.
-¿Cómo no he de llorar si me he enamorado con toda mi alma de Elena y ahora es preciso que se la entregue al zar Afrón?
-Pues escúchame -contestole el Lobo-. Yo me transformaré en infanta y tú me llevarás ante el zar. Cuando recibas el Caballo de las Crines de Oro, márchate inmediatamente con ella, y cuando pienses en mí, volveré a reunirme contigo.

Cuando llegaron al reino del zar Afrón, el Lobo se revolcó en el suelo y quedó transformado en la infanta Elena la Bella; y mientras que el zarevich Iván se presentaba ante el zar con la fingida infanta, la verdadera se quedó en el bosque esperándole.
Alegrose grandemente el zar Afrón al verlos llegar, e inmediatamente le dio el caballo prometido, despidiéndole con mucha cortesía.
Iván Zarevich montó sobre el caballo, llevando consigo a la infanta, y se dirigió hacia el reino del zar Dolmat para que le entregase el Pájaro de Fuego.

Mientras tanto el Lobo Gris seguía viviendo en el palacio del zar Afrón. Pasó un día y luego otro y un tercero, hasta que al cuarto le pidió al zar permiso para dar un paseo por el campo. Consintió el zar y salió la supuesta Elena acompañada de damas y doncellas; pero de pronto desapareció sin que las que la acompañaban pudieran decir al zar otra cosa sino que se había transformado en un lobo gris.

Iván Zarevich seguía su camino con su amada, cuando sintió como una punzada en el corazón, y al mismo tiempo se dijo:
-¿Dónde estará ahora mi amigo el Lobo Gris?
Y en el mismo instante se le presentó éste delante diciendo:
-Aquí me tienes. Siéntate, Iván, si quieres, en mi lomo.
Pusiéronse los tres en marcha y, por fin, llegaron al reino de Dolmat; cerca ya del palacio, el zarevich dijo al Lobo:
-Amigo mío, óyeme y hazme, si puedes, el último favor; yo quisiera que el zar Dolmat me entregase el Pájaro de Fuego sin tener necesidad de desprenderme del Caballo de las Crines de Oro, pues me gustaría mucho poderlo conservar a mi lado.
Transformose el Lobo en caballo y dijo al zarevich:
-Llévame ante el zar Dolmat y recibirás el Pájaro de Fuego.
Mucho se alegró el zar al ver a Iván, a quien dispensó una gran acogida, saliendo a recibirlo al gran patio de su palacio. Le dio las gracias por haberle traído el Caballo de las Crines de Oro, le obsequió con un gran banquete, que duró todo el día, y sólo cuando empezaba a anochecer le dejó marchar, entregándole el pájaro con jaula y todo.

Acababa de salir el sol cuando Dolmat, que estaba impaciente por estrenar su caballo nuevo, mandó que lo ensillaran, y montándose en él salió a dar un paseo; pero en cuanto estuvieron en pleno campo empezó el caballo a dar coces y a encabritarse hasta que lo tiró al suelo. Entonces el zar vio, con gran asombro, cómo el Caballo de las Crines de Oro se transformaba en un lobo gris que desaparecía con la rapidez de una flecha.
Llegose el Lobo hasta donde estaba el zarevich y le dijo:
-Móntate sobre mí mientras que la hermosa Elena se sirve del Caballo de las Crines de Oro.
Entonces lo llevó hasta donde al principio del viaje le mató el caballo, y le habló de este modo:
-Ahora, adiós, Iván Zarevich; te serví fielmente, pero ya debo dejarte.
Y diciendo esto desapareció.

Iván Zarevich y Elena la Bella se dirigieron al reino de su padre; pero cuando estaban cerca de él quisieron descansar al pie de un árbol. Ató Iván el caballo, puso junto a sí la jaula con el Pájaro de Fuego, se tumbó en el musgo y se durmió; Elena la Bella durmiose también a su lado.
En tanto, los hermanos de Iván volvían a su casa con las manos vacías. Habían escogido en la encrucijada el camino que se veía enfrente; bebieron, se divirtieron grandemente y ni siquiera habían oído hablar del Pájaro de Fuego. Una vez que hubieron malgastado todo el dinero, decidieron volver al reino de su padre, y cuando regresaban vieron al pie de un árbol a su hermano Iván que dormía junto a una joven de belleza indescriptible. A su lado estaba atado el Caballo de las Crines de Oro, y también descubrieron al Pájaro de Fuego encerrado en su jaula.

Los zareviches desenvainaron sus espadas, mataron a su hermano e hicieron pedazos su cuerpo. Despertose Elena, y al ver muerto y destrozado a Iván rompió en amargo llanto.
-¿Quién eres, hermosa joven? -preguntó el zarevich Demetrio.
Y ella le contestó:
-Soy la infanta Elena la Bella; a mi reino fue a buscarme el zarevich Iván, a quien acabáis de matar.
-Escucha, Elena -le dijeron los zareviches-: haremos contigo lo mismo que con Iván si te niegas a decir que fuimos nosotros los que te sacamos de tu reino, lo mismo que al caballo y al pájaro.
Temió Elena la muerte y prometió decir todo lo que le ordenasen. Entonces los zareviches Demetrio y Basilio la llevaron, junto con el caballo y el pájaro, a casa de su padre y se alabaron ante éste de su arrojo y valentía. Los zareviches estaban satisfechísimos, pero la hermosa Elena lloraba incesantemente, el Caballo de las Crines de Oro caminaba con la cabeza tan baja que casi tocaba al suelo con ella, y el Pájaro de Fuego estaba triste y deslucido; tanto, que el resplandor que despedía su plumaje era muy débil.

El cuerpo destrozado de Iván quedó por algún tiempo al pie del árbol, y ya empezaban a acercarse las fieras y las aves de rapiña para devorarlo, cuando acertó a pasar por allí el Lobo Gris, que se estremeció mucho al reconocer el cuerpo de su amigo.
-¡Pobre Iván Zarevich! ¡Apenas te dejé, te sobrevino una desgracia! Es menester que te auxilie una vez más.
Ahuyentó a los pájaros y fieras que rodeaban ya el cuerpo de su amigo y se escondió detrás de un zarzal. A poco vio venir volando a un cuervo que, acompañado de sus pequeñuelos, venía a picotear en el cadáver; cuando pasaron delante de él, saltó desde el zarzal y se abalanzó sobre los pequeños; pero el Cuervo padre le gritó:
-¡Oh, Lobo Gris! ¡No te comas a mis hijos!
-Los despedazaré si no me traes en seguida el agua de la muerte y el agua de la vida.

Elevó el vuelo el cuervo padre y se perdió de vista. Al tercer día volvió trayendo dos frascos; entonces el Lobo Gris hizo pedazos a uno de los cuervecitos y lo roció con el agua de la muerte, y al momento los pedacitos volvieron a unirse; cogió el frasco del agua de la vida, rociolo igualmente con ella y el cuervecito sacudió sus plumas y echó a volar. Entonces el Lobo Gris repitió con el zarevich la misma operación de rociarlo con las dos aguas, que le hicieron resucitar y levantarse, diciendo:
-¿Cuánto tiempo he dormido?
El Lobo Gris le contestó:
-Habrías dormido eternamente si yo no te hubiese resucitado, porque tus hermanos, después de matarte, hicieron pedazos tu cuerpo. Hoy tu hermano Demetrio debe casarse con Elena la Bella y el zar cede todo su reino a tu hermano Basilio a cambio del Caballo de las Crines de Oro y del Pájaro de Fuego; pero móntate sobre tu Lobo Gris, que en un abrir y cerrar de ojos te llevará a presencia de tu padre.

Cuando el Lobo apareció con el zarevich en el vasto patio del palacio todo pareció tomar más vida: Elena la Bella sonrió, secando sus lágrimas; oyose relinchar en la cuadra al Caballo de las Crines de Oro, y el Pájaro de Fuego esparció tal resplandor, que llenó de luz todo el palacio.
Al entrar Iván en éste vio todos los preparativos para el banquete de boda y que estaban ya reunidos los invitados a la ceremonia para acompañar a los novios Demetrio y Elena. Ésta, al ver a su antiguo prometido, se le echó al cuello abrazándolo estrechamente; pasado este primer ímpetu de alegría, contó al zar cómo fue Iván quien la sacó de su reino, así como quien consiguió traer al Caballo de las Crines de Oro y al Pájaro de Fuego; que después, mientras Iván dormía, sus hermanos lo habían matado y que a ella le habían hecho callar con amenazas. El zar Vislav, lleno de cólera, ordenó que expulsasen de su reino a sus dos hijos mayores.

El zarevich Iván se casó con Elena la Bella y vivieron una vida de paz y amor.
¡Al Lobo Gris no se le volvió a ver más, ni nadie se acordó de él nunca!


Acerca del autor: 
Alexander Nikolayevich Afanasyev ( 1826-1871) fue un folklorista ruso, más conocido por sus pioneros estudios y por la publicación de cuentos tradicionales rusos. Sus primeros artículos mostraron el folklore como una mina de información respecto a mitología pagana más antigua. Su trabajo definitivo al respecto, "The Slav's Poetic Outlook on Nature " se publicó en tres volúmenes entre 1865 y 1869. Durante sus estudios de folklore ruso, recopiló más de 600 cuentos populares y los agrupó según sus temas, imaginería y estilo. Debe principalmente su lugar destacado en la historia de la filología Eslava a ocho volúmenes de estos cuentos, publicados entre 1855 y 1863. Algunos otros volúmenes, rechazados por el gobierno Ruso debido a sus temas profanos o blasfemos, salen de vez en cuando a la luz. Censurado por las autoridades por sus contactos con Herzen, y enfermo de tuberculosis, Afanasyev acabó su vida en la pobreza, muriendo en Moscú a la edad de 45 años.

Fuente: 


La Loba Madre


Adaptación de uno de los "Cuentos de Lobos" de Antonio Reyes Huertas (1887-1952). 

En una noche de lluvia, los pastores se reunieron para compartir la cena en una de sus cabañas. En la otra, dormía el hijo del Mayoral, de cuatro años. Esperaban que tarde o temprano despertase y al verse solo, saliera por miedo en busca de compañía, pero en lugar de eso los interrumpieron los ladridos de los perros, y salieron a ver que ocurría. 
Lo que encontraron fue la voz de esa criatura cada vez más lejana, entre la maleza, llamando a su madre. Los perros no dejaban de ladrar, como si sintieran la manada de lobos cercana, pero no se escuchaban los aullidos de la cacería. El ruido del viento, y la lluvia, ahogaba los sonidos, y cada vez más tenue resonaba la voz del niño llamando a su madre. 

Los pastores prepararon los faroles, salieron corriendo con sus perros a las profundidades del monte. Como almas en pena buscaron y llamaron a gritos al chiquillo. La madre corría como loca y gritando sólo una palabra: ¡Hijo! Lo buscaron toda la noche por todos los escondrijos posibles, hasta que desesperanzados, decidieron regresar a las cabañas. Entonces, al pie de una encina, los perros empezaron a ladrar furiosos. 

Allí encontraron un lobezno arrinconado, sorprendido y asustado. El mayoral lo coge de las patas, dispuesto a estamparle la cabeza contra las piedras, pero la mujer lo detuvo, quitándole al lobezno: - " ¡Mi hijo, mi hijo!" exclamó, haciéndole un nido en su regazo, arropándole y besándole como a un niño. "¡Este es mi hijo que acabo de encontrar!". 

Los pastores se miraron con pena. "La pobre se ha vuelto loca", dijeron, y se llevaron a la cabaña a la mujer, que no dejaba de decir palabras mimosas a aquel lobezno. Le llamaba "bonito" y era verdad. Porque no sé si vosotros os habéis fijado en que no hay animal tan bonito y tan vivaracho como el lobezno. Aguza las sus orejas y alarga el hociquillo por cualquier cosa. Y sus ojos redondos e inteligentes se llenan de luz y es alegre, franco, arrimón, todo lo contrario de lo que es de grande.

Ciertamente estaría loca aquella mujer, porque no se explica uno que una madre que acababa de perder a su hijo saltara y brincara llamando al cachorro "su niño" y acunándolo en su corazón como si fuera a amamantarlo. Y sólo por lástima de la locura perdonaron aquella noche la vida al hijo del lobo, que es como decir al hijo de la crueldad, de la astucia, de la traición y de los malos instintos... 

La esposa del mayoral pasó la noche tranquila y, a la mañana siguiente, aprovechando un descuido de los pastores que decidían llevarla al pueblo, dar parte a las autoridades y volver a buscar en el monte; se adentró sola en la maleza, con el lobezno en brazos y diciéndole cosas de loca. Llamó a la loba como si fuera una persona y dándole razones como si entendieran de ternura los lobos: -"Loba madre -gritó-, si eres tu la que has parido a este hijo, tú has de saber lo que me duele el mío". Y he aquí que en un momento siente la mujer como si se abriera un surco en las matas y se presenta la loba trayendo al niño en la boca y dejándolo todavía vivo a los pies de la madre. Mansa y rendida quedó aquella loba. La mujer puso al lobezno otra vez en el refugio, hecho con hojas secas y pasto de hierbas, y las dos madres se miraron en paz en lo que convenían ambas por buenas: en ser ambas madres.

***

Acerca del autor: 

Antonio Reyes Huertas (1887-1952), periodista, poeta y  escritor conservador y costumbrista, que describió en sus novelas, de tramas sencillas,  la vida del campesino extremeño. Publicó quince novelas y multitud de estampas, narraciones breves para la prensa. Entre sus cuentos destacan aquellos dedicados a los lobos .

Fuentes:

Antonio REYES HUERTAS, Cuentos de Lobos, Fondo Cultural Valeria, Campanario, 1987
 " La doncella salvaje" – Nuevos estudios sobre la serrana de la Vera.

Campaña Ambiental Pagana 2014