La Mujer Loba, Jordi Pere Cerdà

Relato literario actual, basado la tradición popular, que encontramos en "La Dona Lloba , Contalles de Cerdanya", de Jordi Pere Cerdà, (Barcelona, 1961).

Un propietario de la Cerdanya (Pirineos) tenía atemorizados a sus trabajadores porque exigía mucho y no agradecía nada: "Del primero al último vivían llenos de miedo con la angustia del mañana". A menudo las tomaba a golpes de bastón.

Un día, un pastor perdió una oveja. El amo lo increpó obligándolo a pasar la noche repitiendo la búsqueda. El pastor, desesperado, reseguía los bosques y vio un lobo que comía la carroña de la oveja. Saltó al cuello de la bestia para matarla, pero ésta habló: "No me mates. Yo soy un lobo para esta oveja; para ti el amo es un lobo; si me mataras, tu serías un lobo para mí". El pastor se echó a llorar. El lobo le ofreció la compensación: "Aquí tienes tres pelos de lobo: uno de la cola, uno del vientre y uno de la cabeza. Si te pones uno sobre el pecho, otro sobre la espalda y el tercero sobre la cabeza, con las palabras que te diré, serás lobo cuando lo desees.:

"Raça de llop Raça de ca, Fes que torni el llop, Llop Llobarràs."
(Raza de lobo, Raza de can, Haz que regrese el lobo, Lobo, Lobazo )

Y para recuperar la forma de hombre, bastaba con arrancarse un pelo de los mismos lugares. El pastor volvió a la casa y el amo lo dejó medio muerto de una paliza. Lo llevaron a la barraca donde vivía con una hija muy joven. El padre, moribundo, le entregó los tres pelos de lobo, comunicándole la salutación convenida, y le pidió que lo vengara hasta que el amo se rindiera. La joven así se lo prometió, antes de enterrarlo.

Llegada la noche, se transformó en lobo. Un deseo de morder, de dañar, de sangrar, se apoderó de ella. Aquella noche mató un carnero. Al cabo de pocos días, el amo y sus sirvientes conocieron un gran pesar, incontenible: les robaban las ovejas de los rebaños, les mataban dentro de los establos.

El amo montó guardia, poniendo cien personas armadas en puntos de la finca. Le extrañó que el lobo sólo atacara sus rebaños y no los de sus vecinos. La mortalidad alcanzó tales dimensiones que el amo llamó a un hijo suyo, joven y valiente, que vivía en la ciudad, para que fuera a ayudarlo.

Y lo hizo.

La defensa era buena y la loba encontraba más dificultades. Un día el joven la siguió. A través del rastro de sangre llegó a la barraca y descubrió, sorprendido, una joven tendida ante el fuego, durmiendo reluciente de luz y belleza. En el tobillo de la durmiente brillaban tres gotas de sangre. Pasó horas vigilándola, hasta que la conoció. Entonces comenzó un idilio entre los jóvenes, que duraba semanas. Un día el remordimiento removió la conciencia de la joven, y volvió a la forma de loba. El amor les unía y al mismo tiempo, los separaba del deber. El joven se percató que las ausencias de su amada coincidían con los ataques al rebaño. Ella le confió que esperaba un hijo suyo.

Un día el muchacho persiguió a la fiera de cerca, y la hirió. Volvió a la barraca y encontró que tenía tres gotas de sangre que el frío del alba había helado. El misterio de aquella mujer le conmovía más de los que hubiera querido. Las sospechas parecían claras. A pesar de todo, comunicó a su padre que la quería desposar. El déspota se negó y él aceptó la negativa, pero dijo a los mozos del servicio que, si llegaban a capturar a la loba, no la matasen. El joven le preparó una trampa, pero la loba decidió atacar durante el día.

Cuando los mozos la tenían rodeada, el amo tomó unas horquillas y se le acercó. El hijo llegó en este momento dramático. El padre, con la excitación de una victoria segura, clavaba las horquillas en el vientre de la bestia rendida y el hijo, tirando del mango de la herramienta, la clavó en medio del pecho de éste. Luego se lanzó sobre la loba, abrazándola mientras la llamaba esposa y amante, besando las fieras mandíbulas y mojándola de tantas lágrimas como sangre ella perdía, derramándose. Ante los petrificados observadores se la llevó a la cocina de la casa, pidiéndole perdón una y mil veces.

El calor del fuego y las caricias reavivaron a la mujer-loba, se estremeció, abrió los ojos, y pidió sin necesidad de mediar palabra, al amante, los tres pelos. Exaltado, el joven los lanzó al fuego, y entonces todos pudieron ver a la loba retomar la forma de la bella hija del pastor. En el vientre, brillaban tres gotas de sangre, y de sus caderas resbaló un niño cuyo llanto despertó a todos del estupor.

Y todos pensaron que, si no se habían vuelto locos, es que habían soñado.



Fuentes:
La Dona Lloba, Contalles de Cerdanya, de Jordi Pere Cerdà, (Barcelona, 1961).
El Llop a Catalunya, Memòria, llegenda i història, Albert Manent, Pagès Editors, Lleida, 2004

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